Oct 18, 2019

El Orgullo

by Juan Pablo Hernández Paredes

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El mes de junio se celebra, alrededor del mundo, el orgullo por la diversidad sexual y de género como una forma de afirmar positivamente el derecho de las personas lesbianas, gays, bisexuales y trans (LGBT) a vivir con dignidad. La fecha conmemora el inicio de una oleada a nivel mundial que arrancó con una serie de disturbios en un  pequeño bar de Nueva York llamado Stonewall Inn, que ocurrió hace  50 años en 2019. 

 

En ese bar del Greenwich Village de Manhattan, la mañana del 28 de junio de 1969 marcó un punto de no retorno cuando los clientes del bar resistieron una redada policial. Los locales del bar, que incluían drag queens, personas trans, jóvenes gays y lesbianas, prostitutas y prostitutos, estaban acostumbrados a ser víctimas de una legislación restrictiva y de los prejuicios de quienes estaban a cargo de mantener el orden público. Pero una serie de acciones de protesta y resistencia por miembros de la propia comunidad en este bar, que llevó a una serie de protestas en los días sucesivos, iniciaron el proceso de organización social para la liberación de las personas LGBT. 

Stonewall no fue solo un hecho aislado, para comprenderlo debemos conocer el contexto y la historia que lo produjo y que nos ha traído hasta hoy. Ese parte aguas en la historia de la diversidad sexual y de género nace en Nueva York, pero el proceso que arranca es global -- tal como siempre lo ha sido la diversidad, que atraviesa todas las sociedades, traspasa todos los círculos, y está presente en todo momento. 

 

La historia está llena de manifestaciones de la diversidad sexual y de género: La primera revista gay fue publicada en Alemania en 1896, se llamaba Der Eigene, contemporánea a Óscar Wilde y su novela El Retrato de Dorian Gray. También coincide con el suceso mexicano conocido como «El Baile de los 41 Maricones», una redada policiaca a una fiesta de 1901 en un barrio de alcurnia donde se encontró a hombres bailando entre ellos, algunos trasvestidos.

 

Der Eigene publicaba, entre otras cosas, textos culturales, literatura homorromántica y desnudos fotográficos con la intención de reivindicar la homosexualidad masculina. Dejó de publicarse en 1933 con el ascenso del nazismo y la represión que degeneró en la persecución sistemática de hombres y mujeres homosexuales durante la Segunda Guerra Mundial. Óscar Wilde fue llevado a juicio y luego encarcelado por sodomía. En México los 41 fueron arrestados, humillados y enlistados en trabajos forzados. Observando estos hechos históricos encontramos patrones comunes como el rechazo institucional, la represión policiaca y los desenlaces trágicos. Todo esto al retroceder, apenas, un poco más de un siglo de historia.

 

¿Y las lesbianas? ¿Y la bisexualidad? ¿Y las personas trans? ¿Y lo queer? Podemos decir que cada día se está componiendo un párrafo más en sus memorias, pero las identidades invisibilizadas también nos devuelven a Stonewall, porque la protesta fue iniciada por mujeres trans de color que resistieron la agresión autoritaria lanzando ladrillos, mujeres lesbianas que no permitieron ser subidas a patrullas, personas queer que se negaron a ser identificadas y catalogadas por sus ropas y la discordancia  entre su sexo asignado al nacer y sus documentos de identificación. En ese momento podemos hablar de un sentimiento comunitario de resistencia. He ahí el espíritu del Orgullo. 

 

Tras los disturbios se forjó el proceso de organización  del movimiento de liberación homosexual, como se le llamó inicialmente, para ir luego  modificándose según el contexto y la necesidad de representación de las personas que componen cada sociedad, una muestra de que estamos escribiendo nuestra historia sobre la marcha, que somos parte del recorrido.

 

En Guatemala, no somos ajenos a esta historia. Y hemos construido un proceso que, quizá de forma más lenta, también honra a las y los mártires del prejuicio y la discriminación. Si tenemos que nombrar un evento trascendental para romper esa capa de normatividad social en la que estaba el país, tendríamos que hablar del asesinato de María Conchita (Luis Alonso) el 7 de octubre de 1997. El asesinato ocurrió en la esquina de la 5a avenida y 11 calle de la zona 1, en horas de la noche, mientras “La María Conchita” se exponía, como cada noche, a prostituirse para sobrevivir. Lo que diferencia su caso del de muchas otras mujeres trans es que esta muerte no quedó en silencio. En los días posteriores, sus compañeras, conocidos y personas que ya trabajaban por la educación y el bienestar de las poblaciones diversas se dieron a la tarea de dar a conocer a los medios, a la ciudad y las autoridades los problemas con los que existían y lidiaban. Por primera vez se manifestaban en público caminando con flores y velas en la mano desde la misa que le celebraron en Catedral, hasta el lugar donde habían matado a María Conchita. Si la primera marcha del Orgullo a nivel mundial fue un disturbio, en Guatemala podemos decir que fue un sepelio.

 

Dicen que si no aprendemos de la historia estamos condenados a repetirla. Y cada crimen de odio es un recordatorio de ello, pero es difícil aprender y prevenir si no hacemos visibles las historias, los rostros, y las experiencias de las personas diversas. Salir a la calle con nuestros verdaderos colores y expresiones es un homenaje a las personas que no lograron ver esto en vida porque la policía, la cárcel, el odio o la falta de oportunidades no les dejó. Andar, marchar y bailar sobre este camino pavimentado por los ladrillos lanzados esa noche en Stonewall es nuestro monumento. Es  símbolo de que cada vez tenemos menos miedo y cada vez nos encontramos mutuamente en mayores multitudes. Y es recordatorio, también, de  la historia que nos ha traído hasta aquí porque descubrimos que de la unión surge la fuerza. Quizá por eso es que me resisto a llamar a la sociedad guatemalteca como conservadora porque yo  y todas las personas de la diversidad también la habitamos.